Existe en el relato una búsqueda constante de la perfección contenida, el afán por explicar en pocas páginas lo máximo posible. O lo mínimo -existe una corriente literaria muy aceptada en la que los relatos apenas narran acontecimientos, con una duración de un par o tres de páginas y sin un objetivo en concreto-, intentando plasmar lo básico de un paseo, lo mínimo de un parpadeo. Siempre tienen un halo de sutileza, incluso delicadeza, sea cual sea el relato: ya puede ser romántico o de terror, que siempre prevaldrá la impresión de estar ante algo que se debe tratar con mucho mimo.

De ese movimiento han nacido, entre otros, el microrrelato, que apoyado en las redes sociales ha conseguido tener una gran aceptación entre el público lector. En Twitter, por ejemplo, se promulga ese estilo literario: poemas de apenas 140 caracteres como máximo. Es un terreno abonado al poema urbano, una reducción del relato al suspiro intentando siempre mantener su esencia. Ya han aparecido premios, concursos destinados a que este subgénero vaya ganando adeptos al mismo tiempo que se incentiva la lectura, lo cual siempre es de agradecer.

Acercarse al relato no es fácil, sobre todo en un momento en el que el thriller policíaco predomina por encima de otros géneros -lo cual no es una crítica sino sólo una observación- y el lector busca una historia en la que se dan detalles, misterios y respuestas finales la más puro estilo Hollywood. Así lo han entendido las editoriales, que centran sus esfuerzos en dar productos que atiendan las demandas del público. La proporción entre obras de relato y policíacas que salen al mercado debe ser exageradamente desnivelada. Si nos libramos de cualquier opinión y tratamos de ser objetivos, poco hay que decir. Al fin y al cabo, han de cuadrar números.

Los relatos, en cambio, van siempre a contracorriente. De hecho debe ser uno de los géneros que menos se leen en la actualidad. O tal vez el menos atractivo, más incomprendido. Mal promocionado, peor considerado. Algunos pueden incluso aventurarse a pensar, cuando se sumergen en este género, que tienen algo de contra-literatura. Muchas veces no tienen trama concreta, por supuesto son proclives a saltarse la máxima que reza “principio-nudo-desenlace” y no en pocas ocasiones son el soporte principal a experimentos en los que se juega con el lenguaje narrativo, con los ritmos y por supuesto con la estructura. Vendría a ser algo así como el laboratorio de la literatura actual, o por lo menos el género en el que más facilidades se da para la transgresión.

Alguien dijo -y si lo sabéis no dudéis en hacerlo saber- que la literatura infantil y juvenil es posiblemente la más difícil de escribir. Tal vez el relato esté al mismo nivel de dificultad, o por lo menos el mismo nivel de exigencia para el escritor. Porque sintetizar nunca ha sido fácil, y mucho menos cuando también se busca narrar con la máxima precisión posible. La búsqueda de la perfección es una necesidad en el relato, un impulso desde la primera línea que se escribe. Todo se estrecha: los tiempos, los escenarios, los lugares comunes a los que accedemos como autores. Los problemas también se aprietan, parecen mayores porque ocupan más espacio en el relato. Cultivar ese género requiere de un cambio de pensamiento y metodología.

La exigencia a la hora de crear relatos se traduce más tarde en una de sus mejores armas; porque quien se introduce en ese mundo -tanto como lector como escritor- ya jamás lo abandona. Tal es el poder de atracción de esas historias que pese a su poco peso en palabras puede agitar las más inamovible de las conciencias, traspasar el más duro de los muros o llegar más profundo que cualquier gran novela. Pueden pasar años sin que se lea/escriba un relato, pero el cuerpo y la mente siempre pedirán regresar a ellos.

Jorge Luis Borges y Alice Munro fueron grandes en el género del relato -y el cuento, que vendrían  ser miembros de la misma familia- y así se les reconoce. Otros muchos autores lo han cultivado pero sin dedicarse en exclusiva como hicieron el escritor uruguayo y la escritora canadiense. Siempre defendieron los relatos por encima de las novelas porque creían que las posibilidades creativas eran infinitamente superiores, la diversidad de mundos a plasmar también se multiplica y la capacidad de moldear el discurso narrativo en un relato es mucho más aceptado que en una novela. La versatilidad es muy atractiva. Y adictiva. Para muchos es la expresión más pura de la literatura en prosa, con muchas similitudes con la poesía y deudora directa de las tradiciones orales. Y no es un género cerrado: se puede escribir una novela a base de relatos independientes entre ellos, con todas sus particularidades propias; si el conjunto es atractivo no se tendrá en cuenta la disparidad de estilos. Tal vez en una novela clásica sea más difícil de acometer y que sea aceptado entre los lectores. No es imposible y grandes ejemplos lo corroboran -Rayuela, por ejemplo-, pero el relato ofrece una accesibilidad mucho más amplia. Es una puerta más amplia para que el lector asome por primera vez su cabeza.

Suele decirse en el mundo literario que quien desee empezar como escritor o escritora debe cultivar al principio el relato: practicar con él, equivocarse, mejorar, trabajar, trabajar y trabajar. Escribir decenas, centenares de relatos. Pasar horas para terminar narraciones de pocas páginas, desconfiar de ellas, reescribirlas, mostrárselas a algún conocido o conocida; que lo elogien y no les creas. Volver a escribir. Trabajar y más trabajar, perfeccionando los relatos, aprendiendo de ellos. Muchos defienden que es el camino clásico y más recomendado para ir adquiriendo herramientas literarias que más tarde servirán para atacar la creación de una novela. Hay mucha verdad en esa afirmación no oficial, precisamente porque la sencillez en la forma del relato esconde la gran exigencia que es básica para un autor que apenas empieza a dar sus pasos. Y además siempre se puede volver a ellos cuando las grandes historias se atragantan o la inspiración trastabilla. Aplicable a lectores y escritores por igual.

Buscad un relato y leedlo. Uno cualquiera. Puede ser un microrrelato en Twitter, un relato en Internet o una antología consagrada. Sea cual sea, cuando se da el primer paso ya no hay vuelta atrás. Es tal el embrujo que tal vez si intentáis dejar un comentario a este artículo terminéis por hacerlo en forma de relato.

Si es así, escribidlo.

Escribir, escribir y escribir.

 

Tags:

  • Pynchoniano de adopción, leo más que respiro. El tiempo es una jugarreta que nunca entenderemos. Jedi frustrado que suple su falta de conexión con la Fuerza a base de cantidades ingentes de chocolate. Si no estoy escribiendo o leyendo me encontrarás en un cine, siempre en la última fila de cualquier sala vacía.

  • Mostrar comentarios (1)

Your email address will not be published. Required fields are marked *

comment *

  • name *

  • email *

  • website *

También te puede interesar

Sala cero: Solo el fin del mundo

Son películas que no copan las noticias, ni los avances de los viernes en ...

La prosa del fútbol

El estadio está vacío. Frente a mí, filas de asientos desiertos. Algunos plegados, otros ...

Mi nombre es Sena, la búsqueda que no termina

La literatura romántica es de difícil mezcla con otro tipo de géneros. Quizás porque ...

Examen médico a la edición literaria actual

Quienes conviven con ella desde hace mucho tiempo saben que ha vivido tiempos mejores ...