Nuestra capacidad para observar el mundo que nos rodea es limitada, sujeta a varias leyes físicas que hacen imposible estar en todas partes al mismo tiempo. Ha sido siempre así y lo seguirá siendo mientras el ser humano siga siendo un Sapiens. Las distancias son tan grandes que cuando en algunos sitios es de día, en otros es noche cerrada; cuando en un punto del planeta es lunes, en otro muy lejano ya han entrado en el martes. Ese insalvable obstáculo que suponen los miles de kilómetros que nos separan a quienes habitamos este planeta han influenciado de manera clave en el desarrollo de las diversas civilizaciones y culturas a lo largo de nuestra historia. Hoy en día, pese a vivir en un mundo cada vez más globalizado e interconectado, los grandes matices sociales, culturales y vitales siguen más vigentes que nunca.

Esa es la idea que sobrevuela en todo momento en El viento en la cara, novela escrita por la socióloga y escritora marroquí. Más allá de la trama central, que ocupa su lugar e importancia, queda esa sensación de estar asomado a una ventana mientras se observa el lejano horizonte al tiempo que nos preguntamos cómo debe ser la vida en aquellos sitios tan lejanos de los que sólo nos llegan imágenes por televisión. La novela de Azzadine intenta traernos esa vida de un modo fehaciente y desde la visión de quien ha vivido la realidad de esa sociedad, la musulmana.

La historia arranca con un juicio, público y que ha ganado en importancia con el paso del tiempo, en el que una mujer es acusada de herejía y pecado al ocupar el lugar del muecín a la hora del rezo —es decir, que aquellos cánticos que despiertan y se repiten varias veces al día tomaron la voz de una mujer—; tras esa acusación, pero, se esconde la cruda realidad de la sociedad musulmana más radical, que denigra a la mujer y la somete a una ley islámica que la considera poco más que una propiedad del hombre, sin libertad de acción o pensamiento. Bilqiss, viuda y abandonada a su suerte, se enfrenta al juez y a todos los presentes en la sala, demostrando su fuerza y carácter en un mundo que intenta por todos los medios anularla como mujer. El juicio en realidad supone una reafirmación del machismo más recalcitrante.

Una vez introducida la rama troncal del relato, la autora define pequeñas ramas narrativas que nacen del tronco: la vida y pensamientos del juez, un hombre atrapado por su condición masculina y que se debate entre el odio a si mismo por su cobardía y un empeño en creer que acatar la ley islámica, obedecer los dictados del Corán a rajatabla, es lo que todo hombre de Dios debe hacer. Se trata de un personaje en constante pulsión entre sus deseos y sus obligaciones, entre la parte humana, la parte rebelde de su ser y la parte sumisa. Su interacción con Bilqiss, sus diálogos en la celda en la que es prisionera, se convierten en alegatos enfrentados que muestran las dos caras del mundo islámico; desde una perspectiva que bebe claramente de la teoría filosófica queda plasmada la confrontación entre tradición y modernidad, e incluso se va más allá y se denuncia la manipulación histórica de un islam que en un pasado fue mucho más esplendoroso y humanitario que el actual. Resulta interesante y necesaria la importancia de recalcar el pasado del islam, pues hoy en día se tiende a olvidar el pasado en aras de poder manipular el presente. La crítica al radicalismo religioso es más que evidente, mientras que se retrata sin tapujos una sociedad patriarcal que es patética en muchos de sus aspectos —por ejemplo, que las mujeres en un mercado no pueden comprar verduras con forma fálica; ha de ser cortada en ambos extremos por el vendedor antes de dársela a las clientas— hasta llegar a la total falta de sentido común. El horror de una dictadura religiosa que maltrata, veja y asesina a la mujer por el mero hecho de existir queda patente a lo largo de la novela.

La aparición de un tercer personaje sobre el que orbita parte de la trama, una reportera norteamericana que representa el mundo occidental y su visión sesgada de la realidad musulmana; esclarecedora es su primera noche en casa de una familia del pueblo en el que se juzga a Bilqiss, un choque de civilizaciones en la que de buenas a primeras se nos deja claro que la visión que se tiene de esa sociedad no tiene nada que ver con la realidad. Viven su día a día con una mezcla de sentimientos y el peso de las décadas de costumbre. Hechos que aquí nos parecen aberrantes allí son tomados con cierta resignación, embadurnados por la certeza de que poco o nada cambiará con los años; una falta de esperanza que convierte sus rutinas en una supervivencia por inercia, un sometimiento bajo el que ocultan su rabia e ira, sus ansias de rebelarse ante una sociedad que las asesina. Bilqiss representa un estallido puntual, un resplandor en un cielo oscuro, demasiado oscuro. Pero el peso de la tradición es tan grande que esos actos quedan como cantos del cisne que se olvidan al poco tiempo.

El viento en la cara es una novela valiente, con una clara vocación de reivindicación y denuncia, aspectos nobles y necesarios en nuestros tiempos que sin embargo se ven algo empañados por pequeñas inflexiones frívolas que empañan un relato que no deja de ser duro en todo momento. La crudeza del relato se ve sin embargo teñido de cierta sensiblería superficial y un giro final en el último acto del libro que impide que la obra sea redonda al cien por cien.

Pese a todo, la novela de Azzadine es una lectura muy recomendable y obligada para entender un poco mejor el mundo que nos ha tocado vivir; y, sobre todo, el que viven aquellas personas que cuando nosotros dormimos recién se despiertan en una sociedad injusta y plagada de terror.

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