Hay historias que permanecen en el colectivo imaginario de toda una generación, e incluso las sobreviven y perduran en el recuerdo durante décadas. Acontecimientos históricos o pequeños relatos que cruzan la frontera de lo ordinario para convertirse en extraordinario.

El 12 de octubre de 1972 el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que se dirigía a Santiago se estrelló en la cordillera de los Andes con 40 pasajeros y 5 tripulantes. A bordo iba el equipo de rugby Old Christians, formado por alumnos del colegio uruguayo Stella Maris. Dos meses después, cuando tras algunas expediciones infructuosas las autoridades dieron por fallecidos a los pasajeros dos de ellos, Nando Parrado y Roberto Canessa regresaron de la muerte y fueron hallados en los Maitenes por un arriero de la zona. Habían caminado durante once días desde el lugar del accidente, cruzando la cordillera, montañas de más de 3.000 metros de altitud y soportando temperaturas de hasta 30 grados bajo cero; toda la odisea la realizaron sin apenas comida, desnutridos y sin saber dónde estaban. Habían sobrevivido 16 de los pasajeros, que esperaban a ser rescatados en el Valle de las Lágrimas.

La historia la conoce todo el mundo, el famoso Milagro de los Andes, y supuso una de las más extraordinarias muestras del espíritu de lucha del ser humano, un ejemplo de la increíble capacidad que tenemos las personas de superar las adversidades y coronar cimas –nunca mejor dicho– que parecían inalcanzables. Uno de aquellos supervivientes, protagonista además de la milagrosa caminata por la cordillera, Roberto Canessa, acudió el pasado 27 de marzo a Barcelona para presentar Tenía que sobrevivir, un libro en el que además de narrar los días que cambiaron su vida explica cómo aquella experiencia le sirvió durante años para dedicarse a su pasión: curar a niños enfermos del corazón.

El ágora del Cosmocaixa de Barcelona estaba a rebosar de gente, expectante por poder ver en directo a uno de los mitos de la supervivencia humana, la persona tras la gesta. Hay en la mirada de Roberto Canessa la experiencia de quien ha vivido en el borde más extremo de la vida, perdido en la inmensidad de la nada, sin ninguna esperanza aparente. Un viaje a lo más hondo del ser humano en el que todo pende de un hilo: abandonarse y morir o seguir persistiendo en la supervivencia están separados por un suspiro. En la conferencia, Canessa explicó cómo fueron aquellos 72 días desde una fuerza realmente sobrecogedora, narrando algunos aspectos que permanecían tal vez desconocidas para el gran público. En el ambiente se respiraba la sensación de estar ante una persona extraordinaria, un ejemplo de hasta qué punto el ser humano es capaz de traspasar sus propios límites y luchar contra la Naturaleza, de tú a tú, en un combate a muerte.

En Tenía que sobrevivir, el libro que escribió junto a Pablo Vierci y que presentaba en la conferencia, esa eterna lucha entre la vida y la muerte planea constantemente, pero también una fascinación por lo imposible. Después del accidente Roberto Canessa terminó sus estudios de medicina y se especializó en cirugía cardíaca infantil. Ha operado a miles de niños, todos con cardiopatías congénitas que precisaban de cirugía incluso antes de los partos; muchos de los casos eran muy complicados, e incluso según algunos expertos directamente imposibles. No fueron pocas las veces que acudieron niños a la consulta del Dr. Canessa con un pronóstico cuya solución desafiaba todos los pronósticos posibles. En ese momento el doctor se hacía a un lado y aparecía el Roberto de 19 años. ¿Quién le va a decir a uno de los supervivientes de los Andes que una operación es imposible? ¿Que un niño está condenado sin siquiera luchar? Como repite en varias ocasiones a lo largo del libro, «lo importante es seguir caminando. Y después seguir caminando, un paso y luego otro. Mientras uno pueda caminar todo es posible.» Ese mantra, tantas veces repetido en la cordillera, también queda reflejado en los distintos casos que se narran en el libro: niños que estaban desahuciados y que, con tesón, esfuerzo y una capacidad increíble de supervivencia lograban sobreponerse a todas las adversidades para seguir viviendo. Para seguir caminando.

Si regresamos a la tragedia de los Andes, que es el germen del libro, hemos de pararnos en el increíble hecho que supuso que unas personas muy jóvenes –la gran mayoría de ellos rondaban los 20 años–, sin preparación alguna y extraviados en uno de los lugares más duros e inaccesibles del planeta, fueron capaces de sobrevivir dos meses. No han sido pocos los ensayos, estudios y libros que han intentado explicar ese extraordinario ejemplo de superación más allá de toda comprensión humana. ¿Qué ocurrió realmente para que pudieran sobrevivir? En este punto toma relevancia un concepto neurofisiológico llamado Complejo “R” o Cerebro reptiliano. No se trata de una teoría conspiranoica mediante la cual unos seres con forma de reptil aparecieron de repente entre los restos del avión y ayudaron a los chicos a sobrevivir. El complejo “R” o Cerebro reptiliano forma parte de un concepto teórico que intenta explicar y estructurar el cerebro humano como una superposición e integración de las funciones de tres cerebros distintos, cada uno de ellos fruto de la propia evolución del ser humano –y de los seres vivos en general– y que permanecen activos en mayor o menor medida.

Existirían, según esta teoría, tres componentes cerebrales, tres estructuras, que fueron surgiendo y superponiéndose: el primitivo, el intermedio y el superior o racional.

-El cerebro primitivo sería el más antiguo y simple, controlaría las funciones más básicas del cuerpo humano.

-El cerebro intermedio sería una evolución del primitivo, que en la actualidad corresponde a la mayoría de los cerebros de mamíferos inferiores.

-El cerebro superior o racional corresponde a toda la zona de los hemisferios cerebrales, los que actualmente poseemos los humanos, los mamíferos superiores y los primates.

Así pues, el cerebro primitivo, que también se conoce como, precisamente, complejo “R” o cerebro reptiliano, sería la que conforman los ganglios basales, el tallo cerebral y el sistema reticular. O lo que es lo mismo, esa parte del cerebro controla todas las actividades intuitivas, desde respirar hasta el bombo de la sangre, así como los actos reflejos como el parpadeo. Fue esencial hace millones de años, cuando los vestigios de lo que muchos eones después serían las especias actuales aquellos seres vivían en un entorno muy hostil y poseían una capacidad básica enfocada por completo a la supervivencia pura y dura. No había lugar para nada más que para persistir: nacer, crecer, alimentarse, reproducirse y morir. Sin más, el ciclo de la vida en línea recta. Con el paso de los milenios la propia evolución fue dando forma al cerebro intermedio, que incorporó nuevas ramificaciones en el comportamiento animal; a su vez, ese cerebro evolucionó hasta el superior o racional, del cual terminó por surgir el ser humano como máxima expresión de esa última fase –de momento– de aquella última actualización del cerebro animal.

Si de nuevo regresamos a los Andes, en 1972, descubrimos al grupo de jóvenes que después de la tragedia vieron que tanto el cerebro superior como el intermedio no les servía de nada en aquellos parajes salvajes. Así pues, de algún modo funcionaron básicamente con el cerebro reptiliano. Seguramente no fue algo repentino sino paulatino, cuya máxima expresión tuvo lugar durante la caminata de Nando Parrado y Roberto Canessa a través de la cordillera. En aquellos días anduvieron empujados por el único instinto de supervivencia, caminando cuando seguramente la parte racional hubiera dicho que no se moviera más; pero el cerebro reptiliano actuó, dentro de su naturaleza binaria –huir o pelear– convirtiendo la travesía en poco menos que un automatismo primitivo de supervivencia. Sus cerebros no sentían ni pensaban, sólo actuaban. «Un paso más, y luego otro», relata Canessa en el libro; cualquier estudio clínico hubiera dicho que en esas condiciones de desnutrición, fatiga y constantes vitales Parrado y Canessa nunca habrían podido caminar ni dos kilómetros. Y sin embargo ese cerebro reptiliano los instó a seguir andando, su deseo de vivir era tan fuerte que apenas dejó latentes los otros dos cerebros –el intermedio y el superior– y tomó el mando de sus cuerpos, racionalizando la energía a la micra, bombeando sangre cuando el corazón parecía al límite, llevando oxígeno a sus pulmones cuando apenas lo había en el ambiente. Las piernas flaqueaban, pero seguían moviéndose, la rodilla seguía flexionándose una y otra vez, los músculos se tensaban para un nuevo arreón, una nueva escalada, un nuevo paso. Apenas durmieron y si lo hicieron siempre fue con un ojo medio abierto para no caer despeñados. La parte del cerebro dedicada a conservar la vida despertó de su letargo. No sabían dónde se encontraban, pero de algún modo supieron ir en la buena dirección; las aves que migran por primera vez jamás han visto el lugar al que han de dirigirse y sin embargo todas llegan a buen puerto. Lo mismo que hicieron aquellos dos jóvenes al cruzar la cordillera con un hilo de vida y fuerzas, movidos por una fuerza que es la que mueve a cualquier ser vivo a sobrevivir sin importar a qué deba enfrentarse. Los impulsos de toda una evolución concentrados en aquellos once días. Esos niveles de instinto tuvieron los supervivientes de los Andes.

Cuando terminó la conferencia Roberto Canessa estuvo firmando libros hasta tarde; prácticamente todos los asistentes quisieron tener su libro dedicado, además de una foto con la persona que admiran. Porque ese era el sentimiento que todos los presentes teníamos: una admiración sincera hacia una persona extraordinaria, que todavía adquiere mayor dimensión cuando se conoce su vida entera tras los Andes.

Han pasado ya más de cuarenta años desde aquella historia que sacudió a todo el  mundo entero. Se han escrito infinidad de libros, rodado decenas de documentales, filmado varias películas. Todos los supervivientes son héroes nacionales e internacionales –aunque ellos no se consideran como tales–; son espejo para muchas personas que se fijan en sus vivencias para tomar las fuerzas que creen no poseer. Porque Roberto Canessa explica que hasta los corazones chiquititos de los recién nacidos tienen una capacidad para sobrevivir extraordinaria; si ellos la tienen, todos la tenemos escondida. Aquellos supervivientes son ahora padres de familia, abuelos, los más afortunados todavía son hijos; todos ellos volvieron a nacer tras morir en los Andes, consiguieron sobrevivir cuando la propia existencia marcaba que no deberían haberlo hecho. Fueron, en definitiva, la muestra más contundente de que nuestros destinos nos pertenecen hasta en el momento más crítico.

Hay muchas cordilleras que escalar, y muchas parecerán inabarcables, pero como decían siempre los supervivientes allá en los Andes, mientras hay vida hay esperanza.

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  • Pynchoniano de adopción, leo más que respiro. El tiempo es una jugarreta que nunca entenderemos. Jedi frustrado que suple su falta de conexión con la Fuerza a base de cantidades ingentes de chocolate. Si no estoy escribiendo o leyendo me encontrarás en un cine, siempre en la última fila de cualquier sala vacía.

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