La literatura romántica es de difícil mezcla con otro tipo de géneros. Quizás porque tiene una personalidad muy marcada y necesita de la total fuerza del relato para narrar una historia de amor, en la que tal vez no quepa otro tipo de género sin que ello signifique un debilitamiento de ambos.

Es tal vez por ello que “Mi nombre es Sena”, la tercera novela de la escritora leonesa Marta del Riego, sale airosa de esa complicada mezcla entre trama romántica y thriller. Con un más que exitoso resultado; la novela consigue salir airosa en el tratamiento de una relación amorosa impactante y furiosa mientras al mismo tiempo los acontecimientos nos acercan a una ambientación que recuerda a la película “Promesas el este”.

La novela tiene varios planos que se entremezclan y que a veces se superponen, conformando al final el telar definitivo sobre el que se asienta toda la trama narrativa. No son capas, pues se influencian las unas a las otras como vasos comunicantes, son importantes en la medida que interactúan entre ellas de un modo irremediable. Son caras de un mismo dado.

Por un lado tenemos lo que podríamos llamar la fuerza de la pertenencia a una tierra. La protagonista -Sena-, pese a vivir en Alemania en pleno proceso de adaptación a un país nuevo, una sociedad diferente de la española y un idioma complicado, siempre siente la llamada de su pueblo natal, algo que su autora resuelve mostrar a través de las reiteradas llamadas que se producen entre Sena y su abuela, en cuyas conversaciones queda presente la importancia que el pasado y los orígenes tienen en la novela. Algo que también observamos en otro de los protagonistas, Yuri, que constantemente habla de Rusia e Israel, dos tierras que conformaron su personalidad y en parte también su destino. Esa fuerza que impregna a las personas, como si fuera parte del propio ADN, esa importancia de esas tierra originaria, del germen de una familia, es importante para entender muchas de las motivaciones de los personajes. Lo vemos muy claro en la familia política de Sena, sus suegros, cuñados y cuñadas son alemanes de pura cepa; su carácter está al cien por cien impregnado de la tierra en la que nacieron, no lo ocultan y se enorgullecen de ello. También queda ejemplificado el poder de la tierra en la figura de la abuela de Sena, una mujer que da la impresión de no haber abandonado su pueblo jamás y que está convencida de que más allá de lo que ella conoce no hay nada que merezca la pena.

Ese tratamiento de la tierra nos lleva al siguiente punto de exploración de la novela: el problema de no sentirse de ningún sitio. Si bien a través de Sena vemos su raigambre, también es una chica que se siente perdida, tanto por dentro como por fuera; no es capaz de identificarse con esa Alemania en la que vive -ni con su familia política, ni con su marido, ni con los amigos- pero al mismo tiempo reniega de su pasado, de sus propios orígenes. Se mueve en tierra de nadie, sin ser capaz de escoger ninguna dirección ni patria a la que asirse. Una apátrida en los tiempos de la globalización.

Ese naufragio de identificación territorial convive al mismo tiempo con una cárcel y un gran muro; los que sufre Sena durante el primer tercio de la novela. En esa primera parte de la trama asistimos a una descripción de la vida cotidiana de la protagonista, encerrada en un matrimonio del que tiene ciertas dudas, una familia política aburrida e hipócrita que ni la comprende ni la acepta y una vida social maniatada y mecánica. Sólo la irrupción de Yuri consigue que ella empiece a romper las cadenas que la mantenían atada. Hay dos viajes, el del interior de Sena y el de su propio exterior; ambos coexisten en el tiempo y terminan por converger, pero cada uno de ellos mantiene una personalidad propia mediante la cual se nos muestra la verdadera naturaleza de Sena, sus miedos, sus inquietudes y el lento proceso que requiere cualquier cambio personal, cualquier derribo de los muros, cualquier fuga de las cárceles. Es también el descubrimiento de nuevo muros más allá del límite de los que acabamos de superar. Cabe decir que si bien a priori puede que estos acontecimientos suenen demasiado manidos o cursis, gracias a la pericia de su autora la narración se vuelve elegante, ágil y con una gran precisión a la hora de retratar una realidad tal y como es, sin entrar en moralidades o ideologías.

Es un lujo detenerse en los capítulos, en los pasajes que salpican toda la novela, en la que la autora se detiene en mostrarnos con detalle los escenarios en los que transcurren los hechos, que son varios. Cada uno con sus particularidades, cada uno con su propia voz, y que gracias a la sólida narración consigue meter de lleno al lector en sus calles, sus edificios históricos y sus días grises que dan paso a noches frías. En esos pasajes, plagados de momentos cotidianos, es cuando sale a relucir ese estilo narrativo diferente, lejos de los esquemas de “pasa así, se van allí”… lejos de las narrativas de causalidad pura y dura; en “Mi nombre es Sena” se despliegan técnicas narrativas diferentes, saltos de tiempo, narradores en primera persona que se refieren a ellas mismas en tercera, un uso del lenguaje profundo y dinámico al mismo tiempo. Narrativa con ligereza de tempo que contrasta con la pesadez y los tonos apagados de las ciudades alemanas que se narran, un contraste que nos remite a la propia Sena y su entorno personal y social.

En el plano más general de la trama, asistimos a esa fusión entre el triángulo amoroso -Yuri, Sena y su marido, Franz-, que no es género romántico al uso pero el amor es el motor de la novela, y los momentos de acción en los que ese amor furtivo convive con un mundo sórdido y peligroso de gente peligrosa, armas y sangre. Amor y thriller de acción. El segundo, una cara oculta que es también la que los dos protagonistas -Sena y en menor medida Yuri- poseen escondida al resto del mundo y que sin embargo sirve para que ambos se vean irremediablemente empujados a enamorarse.

La segunda parte de la novela es un lento viajar al desenlace, que siempre se aparece incierto como lo es el futuro para los propios protagonistas, mientras siguen con sus dudas, sus mentiras y esa orfandad patria que los convierte en nómadas sin hogar al que ir o regresar. En constante movimiento, cada día imaginando un destino diferente y sabiendo siempre que jamás conseguirán que un lugar sea “su lugar”. La angustia por esa incertidumbre asalta a Sena en todo momento, siendo contrastada por la sensación de estar por fin manejando una vida fuera de esa cárcel, de ese mundo que la tenía atrapada y dormida. Pero aunque se sienta libre, sigue siendo un alma sin un sitio en el que descansar. Esa clase de desamparo está presente a lo largo de los capítulos, como una sombra que enturbia las vidas de Sena y Yuri, que se ven obligados a huir más como una necesidad que como una opción.

El carácter liberador del final cierra un círculo que termina de ser completado en el momento en el que la protagonista consigue encontrar su lugar en el mundo, pese a que tal vez ello suponga tener que hacer ciertas renuncias y aceptar resignarse con la vida. Sin duda una lección de vida más que valiosa.

Por todo ello y más, “Mi nombre es Sena” es una búsqueda constante que no termina en su última página sino que invita a seguir persiguiendo ese destino que se nos muestra borroso ante nuestros ojos.

 

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  • Pynchoniano de adopción, leo más que respiro. El tiempo es una jugarreta que nunca entenderemos. Jedi frustrado que suple su falta de conexión con la Fuerza a base de cantidades ingentes de chocolate. Si no estoy escribiendo o leyendo me encontrarás en un cine, siempre en la última fila de cualquier sala vacía.

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