El impacto que un libro tiene sobre un lector suele medirse con el paso del tiempo, que determina si la historia ha logrado calar en el recuerdo, si las palabras consiguen hacerse un hueco en ese archivo que muchas veces veta el acceso exterior. El poder de una novela, de un ensayo, o de una obra de teatro radica muchas veces en la propia capacidad de quien lee para dejar abiertas las puertas de su propia imaginación; en esa cuestión radica también la grandeza de la disparidad de opiniones, el interminable abanico de posibilidades que brinda la literatura para ser admirada y amada. Si no es por Dickens, puede ser por Dumas; si no amas por Dostoievski puedes hacerlo por Tólstoi; si no te marca Brönte, puede conseguirlo Wharton…

Hoy en día la forma clásica de la literatura parece haberse desdibujado un poco. El auge de las nuevas formas de comunicación, así como un cambio de preferencias en las nuevas generaciones ha hecho que la lectura haya pasado a un segundo plano, siempre y cuando entendamos la acción de leer como un acto solitario en el que nos enfrentamos a una obra con la única ayuda de nuestro raciocinio. Sin desviarnos demasiado del tema, también cabe señalar que ese pequeño instante de soledad es muy necesario para forjar un carácter individual que hará de nosotros personas independientes, con pensamiento propio y capaz de resistirse a las modas de una forma voluntaria. La lectura, entre otras cosas, nos dota de esas herramientas.

Volvemos a lo importante: leer. En la tranquilidad de nuestra única y propia presencia. Nada de foros, nada de redes sociales: sólo tú y el libro. Cada vez resulta más difícil ver eso, si bien hay muchos estudios que dicen que los jóvenes leen más que antes; un dato que al mismo tiempo se matiza asegurando que el número de lectores es menor, quienes leen lo hacen en mayor cantidad. Por tanto, sí, en números totales cada vez se lee menos. Y es una lástima, porque pocas cosas consiguen removernos tanto por dentro como la literatura.

¿Qué factores de una obra definen su influencia en nosotros? En realidad, los libros no son más que otra experiencia que puede convertirse en vital si tenemos la suerte de topar con esa historia que nos conmueve, abre una ventana que creíamos inexistente y remueve los principios de nuestros cimientos.. “Leer nos hace libres”, se dice por ahí. El acto íntimo de dejar que un texto entre por las puertas del pensamiento es un ritual mucho más importante de lo que imaginamos, pues no estamos haciendo otra cosa que alimentar a nuestro cerebro con una fuente de energía que lo hace mejor, más eficiente, más evolucionado y mejor preparado para sobrevivir.

Dejando de lado el carácter intelectual que tiene la lectura —y la cultura en general—, la literatura es una expresión libre del ser humano, en la que a través de las letras sus autores vierten parte de su ser, sus pensamientos, sus vivencias —de modo directo, en forma de autobiografía, o de forma indirecta entroncando parte de sus vidas en la ficción literaria—; así pues, no resulta difícil entender que la capacidad de conmover, revolver conciencias y estómagos o impactar se basa en ese nexo invisible que se crea entre lector y autor, una conexión que refuerza el poder de los textos. Es un diálogo privado en el que conversamos con ese interlocutor a través del espacio y el tiempo, a la vez que lo hacemos con nosotros mismos, construyendo así un relato interior, una capacidad de mirar el mundo con unos ojos que van allá de los nuestros, una ampliación de miras que sin duda nos beneficia  de una manera única.

Es por ello que cuando se tiene la suerte de encontrar ese libro que deja huella, lo convertimos inevitablemente en un acontecimiento mágico. Las frases se graban a fuego en nuestra memoria, queremos hablar de él a todas horas y con todo el mundo, tenemos ganas de releer sin parar porque necesitamos regresar a esas emociones que nos regalaron aquellas letras. Para algunas personas llega a convertirse en una obsesión, lo que tampoco es aconsejable porque corremos el riesgo de perder el mundo real de vista y convertirnos en unos Quijotes millenials.

Aunque algunos piensen que   el dinero mueve —discutible— o el amor —imposible— lo mueven, el mundo ha girado y sigue girando gracias a las ideas. Quienes las imaginaron y dieron forma hace siglos, décadas y pocos años, siempre las propagaron por el mundo a través de la literatura. Quizás ahora los medios hayan cambiado gracias a las nuevas tecnologías — el inevitable efecto del progreso—, pero creo firmemente que el pacto no escrito entre lectores y escritores, al amparo del silencio y el refugio de un buen libro, siempre mantendrá una fuerza inusitada que ni el paso del tiempo no podrá romper jamás.

  • Pynchoniano de adopción, leo más que respiro. El tiempo es una jugarreta que nunca entenderemos. Jedi frustrado que suple su falta de conexión con la Fuerza a base de cantidades ingentes de chocolate. Si no estoy escribiendo o leyendo me encontrarás en un cine, siempre en la última fila de cualquier sala vacía.

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  • Miguel Leal

    Efectivamente, leer no solo es adquirir cultura, es hablar y compartir con otro y a la vez consigo mismo.
    Pero mucho más importante es compartir y construir con el trabajo de la mente y de la experiencia que conforma toda obra escrita para ser leida.

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