No hay cosa que me parezca más absurda que los libros que te explican cómo ser creativo. Bueno, sí, todavía más incongruentes me resultan los cursos (tan de moda hoy en día) que te enseñan a desarrollar tu imaginación.

Desde mi punto de vista, la palabra que más se relaciona con ´creatividad´ sería ´libertad´. Sólo cuando una persona es libre y no tiene que responder ante nada o ante nadie, se permite el lujo de romper con las reglas, con los plazos de entrega y con las expectativas ajenas para dar paso al fluir de ideas inconexas que llamamos imaginación.

Entonces, si la creatividad es libertad, no pensar, dejar vagar los pensamientos en distintas direcciones… ¿Cómo poner reglas va a hacer que fluya la imaginación? ¿De qué manera una plantilla escrita en un libro, o una serie de pautas impartidas en un curso, van a poder hacer que se libere la mente hasta salirse la norma?

Se dice que los adultos innovadores son niños que nunca han dejado de jugar. Son esas personas que suelen darse de bruces contra una farola mientras caminan, porque están pensando en sus cosas. Esos individuos incomprendidos que viven en una burbuja construida por su imaginación, ajenos al mundo exterior. Esos humanos que construyen su día a día mediante una narrativa en la que todo tiene que encajar, con su comienzo, desarrollo y desenlace; con su protagonista, antagonista y personajes secundarios. Esos seres que viven su vida como si de un cuento se tratara, ya que se niegan a aceptar que la realidad sea únicamente una línea temporal carente de historias.

¿Te han dicho alguna vez que vives en tu mundo, que le das demasiadas vueltas a las cosas, que te montas películas? ¿O quizás que eres un soñador incurable, un iluso que se cree que la vida es un juego, un inmaduro? Sí es así, puede ser que, simplemente, seas una mente creativa.

Si nos centramos en el plano científico, hay incluso estudios que sostienen la hipótesis de que la mente de las personas creativas funciona de manera distinta a las demás.  El psicólogo Frank Barron, ya en 1956, sentó las bases de cómo una mente creativa está constituida, concluyendo que la inteligencia y la creatividad no son términos sinónimos. Estudios contemporáneos añaden que creatividad e imaginación tampoco son equiparables. La clave, parece ser, está en que una persona creativa es aquella que es capaz de hacer funcionar ambos hemisferios, izquierdo y derecho, al mismo tiempo. De esta manera, una mente creativa permite dejar volar su imaginación al mismo tiempo que activa la parte ejecutiva del cerebro, que se encarga de la atención y la memoria. Parece un oxímoron, pero la complejidad es, de hecho, el rasgo característico de las personas creativas. Barron ya citó que “las mentes creativas son a la vez más primitivas y más cultas, más destructivas y más constructivas, ocasionalmente locas y fuertemente cuerdas comparadas con la persona media.” Hoy en día el tema sigue siendo hot topic: Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de psicología de la Universidad de Claremont (California) ha publicado un estudio que refuerza la teoría, añadiendo que “en las mentes creativas se observan tendencias de pensamiento y acción que en la mayoría de la gente estarían segregadas: muestran extremos contradictorios, ya que, en lugar de ser un individuo, cada uno de ellos se comporta como una multitud”.

Kaufman y Gregorie avanzan un paso más en su libro Wired to create, en el que describen que ´the open people´ (como llaman a las personas creativas) no sólo buscan perspectivas alternativas a una misma realidad, sino que incluso ven el mundo de manera distinta. Esto fue demostrado mediante un experimento de percepción visual llamado ´binocular rivalry´, en el cual se expone a una persona a dos imágenes distintas, cada una en un ojo. Mientras que una persona media tiende a ver una u otra imagen alternativamente, aquellas definidas como ´open people´ son capaces de construir una tercera imagen como combinación de las otras dos. Este efecto es todavía más pronunciado cuando el individuo está bajo un efecto similar al que se consigue con las técnicas conocidas para incentivas la creatividad (por ejemplo, bajo los efectos de la cafeína).

Pero no todo es magia e innovación en la vida de una menta creativa. Generalmente, suelen ser personas hipersensibles y especialmente abiertas a probar cosas nuevas, por lo que perciben con más intensidad las situaciones cotidianas y empatizan más que el resto. Esto, junto con un sentimiento de culpabilidad por no encajar con la norma y una duda constante sobre su talento, hace que vivan en un sufrimiento constante que les hace sentirse unos incomprendidos. Kaufman y Gregorie ya describieron que la gente creativa suele ser más introspectiva y que esta característica les hace ser más consciente de su lado más oscuro e incómodo. Y esta melancolía, tristeza o apatía ha sido frecuentemente descrita como la clave para lograr una obra de arte. Sin embargo, David Lynch (director de cine, guionista y productor musical) cambia la perspectiva y dice que “La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el artista son veneno”. Según él, para que las ideas surjan, el creativo debe de estar libres de emociones negativas y defiende que la creación surge cuando el individuo ha procesado las emociones negativas y puede observarlas desde la distancia, como expresa la paradoja del comediante, formulada por Diderot. Por eso son tan comunes las historias de escritores, músicos, pintores y otros creativos que únicamente han conseguido triunfar después de haber tocado fondo, como el resurgimiento de un ave fénix.

Entonces, si la mente de una persona creativa funciona de manera distinta al resto, ¿está la sociedad preparada para esta dualidad? La verdad es que es conocido, e incluso aceptado, que el sistema educativo de esta sociedad es sinónimo de limitación de la creatividad. En los colegios se enseña a rellenar plantillas, repetir ideas aprendidas de memoria, acatar códigos y seguir reglas, en vez de estimular el libre pensamiento, alabar la riqueza de las ideas ilógicas y apreciar el valor de la singularidad por encima de la norma. O, en otras palabras, crecer significa dejar de jugar para pasar a hacer cosas serias, de persona responsable, que tengan un objetivo estipulado, un procedimiento previamente escrito y un final impuesto. Cosas aburridas. Cosas opuestas a la creatividad.

Echando la vista atrás, recuerdo que cuando era niña tenía una imaginación desbordante y yo siempre lo percibí como algo negativo de mi personalidad. Me acuerdo de estar un día por la calle de vuelta del colegio con mi madre, tendría yo unos cinco o seis años. Yo, como siempre, dejaba volar mi mente durante lo que era el camino rutinario que seguía todos los días, sin ningún estímulo que lo diferenciase del día anterior. Ese día me encontraba en el laboratorio de un profesor chiflado, mezclando pócimas de colores. Y mis manos del mundo real se iban moviendo acorde con mi mente, sujetando las probetas y agitando los mejunjes. En ese momento, mi madre me reprendió y me dijo que dejase de hacer el tonto. Es curioso pensar en por qué mi mente aún recuerda esto, casi veinticinco años después. Pienso que será porque no entendí qué tenía de negativo mi comportamiento, si yo sólo estaba jugando, imaginando una realidad paralela, creando una historia. Pero en ese momento entendí que la sociedad no estaba hecha para la gente que sueña con salirse de sus normas estipuladas.

Fui testigo de otros miles de historias (propias o ajenas) en el colegio, donde eres un bicho raro si pintas un perro verde, o con dos cabezas, o donde para sacar un diez lo único que tienes que hacer es repetir como un loro lo que te han enseñado, sin añadir nada pensado por ti. Afortunadamente, el contar con una buena memoria me hizo avanzar con éxito “incluso a pesar de mi imaginación desbordante”.

Hoy en día, afortunadamente, son cada vez más numerosas las corrientes que defienden que a los niños hay que dejarles ser niños. Hay que dejar de cargarles con actividades extraescolares y permitirles tener tiempo libre para jugar, inventarse mundos imaginarios, crear inventos absurdos, dibujar monstruos irreales e imaginar historias sin sentido. En definitiva, para aburrirse.

Pero, ¿cuánto tiempo hace que tú, como adulto, te has dejado tiempo para aburrirte? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste a tu mente divagar libremente sin pensar en que tenías que poner una lavadora, mandar un e-mail o ir al gimnasio? En esta línea, David Lynch también tiene su cita que aportar: “Para una hora de buena pintura necesitas cuatro horas seguidas sin interrupciones. Si sabes que dentro de media hora tendrás que estar en alguna otra parte, no hay manera de conseguirlo”. O, lo que es lo mismo: para permitir a las musas inspirarte, hace falta tener mucho tiempo por delante y ninguna preocupación ocupando hueco en tu cabeza.

Mientras miro la forma de las nubes por la ventanilla del avión, pienso que no puede ser casualidad que casi la totalidad de mis artículos, reflexiones e incluso mi proyecto de novela hayan sido escritos a más de diez mil metros de altura o en un aeropuerto, aislada y sin ninguna otra distracción que un teclado y un té bien cargado. Liberada de mis obligaciones y pensamientos. Permitiendo a mi mente volar.

  • Marta Bilbao

    Redactora

    Ingeniera de día y escritora de noche. Mañica de corazón y bruselense de adopción, cada día sueño en un idioma distinto. Adicta al té, a las series y a los aeropuertos.

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