¿Eres de los que piensan que no se puede inventar lo que no se puede nombrar? O por el contrario, ¿crees que es imposible definir lo que no se ha vivido? En otras palabras: ¿utilizamos al idioma para definir nuestro mundo, o es el lenguaje el que da forma a lo que conocemos?

En esta dicotomía está basada la película ‘La llegada’, que acaba de recoger un Oscar de los ocho a los cuales estaba nominada. Aunque si, tal y cómo en la película, Amy Adams hubiese interiorizado el idioma heptápodo, quizás hubiese podido burlar la percepción lineal del tiempo y haber adivinado cuál iba a ser el desenlace antes de que la gala tuviese lugar. Y es que el film ahonda en la teoría de que es el lenguaje el que determina nuestra manera de pensar, nuestra estructura cerebral e incluso nuestra percepción de la realidad.

Pero esta interacción entre idioma y pensamiento no ha sido inventada por Eric Heisserer para ‘La llegada’, ni por Ted Chiang cuando escribió el libro en el cual está basada la obra (‘La historia de tu vida’), sino que, ya en 1940, Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf investigaron cómo los hábitos de comunicación de una comunidad puede hacer que sus miembros interpreten el lenguaje de una manera específica. En concreto, tomaron como objeto de estudio algunas poblaciones cuyo idioma no poseía la conjugación en pasado de los verbos. Su hipótesis señalaba que los individuos de esa población le daban menos importancia a la historia y a los eventos ya vividos que otras comunidades que sí que contaban con la conjugación pasada.

En 2001, Boroditsky estudió este mismo fenómeno entre la población de habla inglesa y china. En concreto, quería concluir cómo estos dos idiomas influyen en la percepción de la dimensión temporal, ya que el inglés utiliza una dimensión horizontal (I’m running behind schedule, Don´t get ahead of yourself), mientras que el chino se basa en una estructura vertical (el término ‘arriba’ es usado para hablar del pasado y ‘abajo’, para referirse al futuro). Para comparar las dos poblaciones, las sometió a un test diseñado para medir cómo un individuo reconoce distintas relaciones temporales al darles una serie de tareas ordenadas en estructura vertical. Los resultados mostraron que los hablantes del idioma chino fueron más rápidos en identificarlas y, por tanto, que el lenguaje sí que es capaz de crear hábitos en la estructura de nuestro pensamiento.

El término científico que se utiliza para definir esta relación es ‘determinismo lingüístico’. Sin embargo, todavía hoy en día, los psicólogos no se ponen de acuerdo en respaldar una única teoría por falta de evidencias.

Por ejemplo, resultados discordantes fueron extraídos de otro estudio realizado por Berlin & Kay en 1969 acerca del color. Compararon la tribu Dani de Papua Nueva Guinea, la cual tiene únicamente dos palabras para referirse al color (claro y oscuro) con los angloparlantes, que cuentan con once palabras distintas. Los resultados fueron concluyentes: cuando les pidieron distinguir entre colores distintos, tanto la tribu Dani como los ingleses obtuvieron resultados similares. Una teoría acerca de esta contradicción está en la distinción entre hemisferios del cerebro: mientras que la percepción puede verse afectada en aquellas funciones que corresponden al hemisferio izquierdo (como el lenguaje), esta influencia es menor sobre el hemisferio derecho, en la que se procesa el color (Regier & Kay, 2009).

Sea como sea, estoy segura que nosotros, los (des)afortunados millennials que hemos tenido que aprender uno o más idiomas como técnica de supervivencia, hemos experimentado el determinismo lingüístico más de una vez. Por ejemplo, yo me sigo sorprendiendo cuando adopto múltiples personalidades según el idioma en el que me esté expresando: al hablar francés siento que mis palabras se entrelazan difusamente (comme si j’ai la flemme), en inglés suelo a ser mucho más técnica e ir directa al grano y en español tiendo a dar más rodeos y perderme en los detalles. O, por citar algo más concreto, seguro que a más de uno nos ha pasado estar en medio de una conversación y no poder traducir una palabra de nuestro idioma a  otra lengua. Un ejemplo precioso es la palabra portuguesa ‘saudade’, que significa al mismo tiempo pérdida, nostalgia, esperanza, recuerdos reconfortantes y anhelo, y no tiene traducción literal a ningún otro idioma. Esta palabra fue inventada en el siglo XV por los marineros portugueses que dejaban su tierra para explorar Asia y África, y define perfectamente el peculiar carácter portugués. Pero, ¿significa esto que un español o un inglés no pueden experimentar todos esos sentimientos al mismo tiempo por el hecho de no tener una palabra que lo exprese?

Otra reflexión que me viene a la mente es la falta de género de los artículos en los idiomas de los países nórdicos: hay teorías que respaldan que el hecho de no diferenciar palabras en  masculinas o femeninas hacen que, subconscientemente, les sea más fácil aceptar la igualdad de género, su ausencia o el transgénero.

Independientemente de su interacción con la ciencia, el lenguaje ha sido, es y seguirá siendo una herramienta de unión que permite transcender fronteras, razas, religiones y barreras culturales. Aunque, al mismo tiempo, hay quien piensa que a pesar de vivir en una sociedad moderna más conectada que nunca, paradójicamente nos mostramos cada vez más desconectados e incapacitados para entendernos entre nosotros.

Los optimistas, ilusos, soñadores, idealistas o utópicos (qué idioma más fascinante el nuestro), seguiremos aferrándonos a la ciencia ficción y argumentando el valor del lenguaje como arma pacifista.

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  • Marta Bilbao

    Redactora

    Ingeniera de día y escritora de noche. Mañica de corazón y bruselense de adopción, cada día sueño en un idioma distinto. Adicta al té, a las series y a los aeropuertos.

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