Pongo la mano en el fuego por la creencia de que toda gran ciudad nos regala una cantidad ingente de tesoros gracias a su Historia, a sus museos, a sus calles y a los ríos de personas que la dotan de múltiples formas y colores, pero qué duda cabe también, de que la cosmovisión ofertada por nuestras metrópolis, cercena en sí misma otros posibles mundos. Hagan la prueba, esperen a la noche, busquen un parque y túmbense plácidamente: verán la Luna, pero las estrellas… las estrellas en el mejor de los casos las podrán contar usando las dos manos.

Nuestra capacidad adaptativa hace que a menudo olvidemos lo que nos duele o lo que hemos perdido (muchas veces lo primero es consecuencia de lo segundo). Pero pensemos por un momento que durante miles de años y cada noche, el ser humano era honrado, pero también avasallado, por el bello espectáculo de un cielo plagado de estrellas. Me pregunto si no habremos construido nuestras grandes ciudades y toda su logística lumínica, para no sentirnos tan insignificantes. No lo descartaría, pero de momento bajaré la cabeza y atenderé al asunto que me trajo hasta aquí: el de la relación entre la lectura y la escritura con la existencia de un mundo mejor.

Las razones por las que uno puede darse a la droga de leer y de escribir son múltiples y de lo más variadas. Así es al menos en mi caso, donde tengo claro de manera global, que leo y escribo para que las cosas me duelan mejor. No digo más, tampoco menos, sino mejor. Quiero decir, ni leer ni escribir me salvan de perder seres queridos, de envejecer, del sinsentido, de las dudas corrosivas, pero sí me ayudan a enfrentarme al dolor y a la angustia un poco mejor pertrechado. Sí me ayudan a mirar al cielo, ver cuatro estrellas mal contadas, preguntarme por qué, e imaginarme al menos una quinta.

Sin embargo, preguntar e imaginar a veces no es suficiente, defenderse no siempre basta, en ocasiones uno quiere atacar, o construir, que es a lo que aquí me refiero. Y así es como llegamos a la obsesión que quería mirar a los ojos en este texto: ¿es posible, a través de nuestras lecturas, a través de nuestros humildes poemas, de nuestros blogs personales, incluso a través de esas novelas escritas tras sacrificar mucho sueño y sudor, es posible, digo, a través de las letras, construir un mundo mejor? ¿Existe una relación directa entre nuestra pasión por escribir y por leer, con una acción creadora positiva? ¿Si leemos y escribimos, peleamos por un mundo mejor?

La respuesta la tengo tan clara como se puede tener: NO, pero sí. Para empezar, debo señalar que hay tantos factores a tener en cuenta, que este artículo podría ser fruto de un ensayo, y ni vine aquí para eso, ni sencillamente estoy preparado para afrontar tamaña empresa. Tengamos en cuenta aquí uno solo de esos factores no previstos para ver que las preguntas lanzadas al aire carecen de contenido real. Cuando hablo de la relación entre leer y cambiar el mundo, ¿a qué me refiero exactamente con leer? Desde luego no a leer la prensa deportiva, o la vida del famoso de turno, o el consuelo pseudopsicológico del libro de autoayuda que se haya convertido en bestseller. Con el ánimo, no sé si de ser polémico, pero sí de ser claro, diré sobre este punto que me refiero a leer literatura.

Leer literatura entonces, como si decir esa palabra no nos abocara a más problemas, como si entonces tuviésemos que descartar el ensayo, la filosofía, el teatro, la poesía… Reconozco que el callejón se cierne sobre mis propias palabras, que me preparé una enorme tela de araña de la que no sabré escapar. Y sin embargo, y aunque no logre desprenderme de la trampa, voy a tocar las cuerdas de esa tela de araña por si acaso fuese capaz de producir algo de música.

Intentaré alcanzar contigo, paciente lector, un acuerdo de mínimos. Es posible que históricamente me reconozcas que la literatura (según la RAE: 1. f. Arte de la expresión verbal. 2. f. Conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género, espero con esta aclaración resolver algunos de los problemas planteados en el párrafo anterior), ha sido un eje vertebrador del cambio de las sociedades y la cultura, así como uno de las mejores testigos de su tiempo, y para tratar de hacerme entender pondré sobre la mesa la Ilíada, Las mil y una noches, El Quijote, las obras de Shakespeare, de Dostoievski, de Kafka… Intentemos ahora por un momento imaginar qué sería de nosotros si eliminásemos de nuestro planeta esas obras. Desde luego seríamos algo muy distinto, y me atrevo a añadir que el resultado nos dejaría en peor situación de la que ya estamos.

Si estamos de acuerdo con lo precedente, tal vez compartas conmigo que ya tengo respuesta para una parte de la pregunta, la de que leer literatura sí nos hace mejores. Por supuesto, no es una respuesta absoluta, por supuesto, no sabría cuantificarlo, ni podría establecer una relación causa efecto, ni se me ocurrirá negar que en una persona pueda compatibilizarse dentro de sí ser una gran lectora y una auténtica desalmada. De todo hay en esta villa, pero leer las grandes obras que la Historia nos ha legado, estar en contacto con otras culturas, con otras sensibilidades, con otros mundos, te ofertan una sensibilidad, una curiosidad, una experiencia, un viaje, que si no te deja un poso positivo (otra cosa es que ese poso sea capaz de levantar a cualquier hijo de puta y convertirlo en un alma bella; la literatura ayuda, no hace milagros), o eres un cadáver o careces de empatía.

¿Y si leer literatura ayuda a cambiar el mundo, escribir como escribimos, también lo hace? Antes de continuar, permítanme a riesgo de que me manden bien lejos, más aclaraciones. Permítanme volver al cielo sin estrellas de las grandes ciudades: elegimos un mundo, perdemos un millón. El ordenador desde el que escribo, el móvil desde el que compartiré este artículo, el coche que me trajo hasta aquí… impedirán que nazca otro Homero, otro Goethe, otro Tolstoi. La literatura ya no tendrá jamás el papel que tuvo en el pasado. Ahora bien, por lo que a mí respecta, mientras tenga un Vila-Matas, un Philip Roth, incluso un G.R.R. Martin (ejemplo perfecto para señalar las complejas interrelaciones del mundo que nos toca vivir), a mí bastará.

Y ahora, sí: ¿escribir nuestras humildes novelas, nuestros poemas sacados de las entrañas, nuestras reflexiones llenas de agujeros, ayudan a cambiar el mundo a mejor? Pues tal vez no, pero SÍ. Si algo he aprendido (no solo de mis lecturas, pero también), es que la revolución comienza en los detalles. No escribiré y nacerán flores, pero ayudará en el impulso de plantarlas. No escribiré y acabaré con el dolor, pero lograré encauzarlo hacia una vereda menos afilada, no escribiré y lloverá sentido, pero me permitirá mirar de frente, con la cabeza alta y con un rastro de esperanza entre los dedos.

Que no veamos las estrellas, no quiere decir que no sigan ahí, que la literatura haya quedado en un segundo plano por otras artes y por otros intereses, no quiere decir que no siga siendo poderosa, que este artículo no te mueva a leer o a escribir, no quiere decir que me rinda, ni que no lleve razón. Pelear a diario con nuestras infinitas limitaciones es el modo en el que entiendo la vida, es la manera de que los millones de mundos que hemos perdido, todavía brillen, y que este en el que estamos, todavía merezca la pena.

 

  • Carlos Aymí

    Redactor

    La literatura es la mentira en la que más creo, así que escribo lo que se ponga por delante para ver si acierto con alguna verdad. La filosofía, el cine y la cerveza también me ponen enfermo.

  • Show Comments (0)

Your email address will not be published. Required fields are marked *

comment *

  • name *

  • email *

  • website *

You May Also Like

Samurai Gourmet. El arte de degustar la vida.

Un día soleado. Sales de casa sin rumbo fijo. Tras un paseo disfrutando del ...

La paradoja del suicidio y la fe en la literatura

Tendría fe en un dios que reconociese lo mucho que se ha equivocado, pero ...

Ethan y Joel Coen: Cine para perdedores

“Hay un sentido del humor que es como un club al que cierta gente ...

Wes Anderson: luz y simetría en un mundo imperfecto

“La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo” ...