De vez en cuando, entre la maraña de escritores y escritoras que copan librerías y estanterías surge un elemento único, un destello que no se parece en nada a lo que predomina en el firmamento literario y que atrae como sólo pueden hacerlo aquellas cosas que son especiales. Normalmente pasan desapercibidas y sólo un pequeño grupo de privilegiados, que han observado ese brillo por casualidad, disfrutan de esa excepcionalidad.

Por suerte estoy seguro de que Marina Perezagua será muy reconocida en muy poco tiempo. Porque es inevitable. Porque es necesario en el mundo literario que escritoras como ella lleguen a todo el mundo, remuevan los cimientos de la narrativa contemporánea e inspiren a nuevas, viejas y actuales generaciones de escritores y escritoras a que exploren más allá de sus propios límites. Los soplos de aire fresco siempre son buenos, oxigenan los espacios cerrados, traen nuevos olores a narices saturadas del mismo aroma.

Don Quijote de Manhattan es magnífica, una verdadera bofetada en la cara de quien esté acostumbrado a moverse entre las corrientes de la literatura actual, porque Don Quijote de Manhattan es otra cosa, un libro que se mueve en otro océano. Otra maravillosa salida de esquemas de una escritora llamada a romper moldes (si no lo ha hecho ya).

No es fácil salir indemne de una empresa como revisar y actualizar a nuestros tiempos a un personaje literario como el Quijote. De hecho, nadie lo ha logrado. A cualquiera le temblarían las piernas (las manos, en el caso de los escritores) de tan solo pensarlo. No dudo que han existido muchos intentos que ni siquiera han llegado a buen puerto, probablemente de algunos autores consagrados, pero nunca lo sabremos.

Perezagua no sólo consigue mantener el pulso de la obra magna de Cervantes, sino que consigue hablar de tú a tú con ella, reinterpreta la obra sin romper su naturaleza; se nota en cada párrafo el cariño de la autora por las historias del hidalgo (no obstante, ha confesado que es el libro que más veces ha leído) y por eso es capaz de dar una nueva dimensión al mundo quijotesco sin que nada chirríe. Hablamos de una novela, Don Quijote de Manhattan, que es continuación literaria de la obra original. Lo es, pero al mismo tiempo es una revisitación del clásico; es ambas cosas, pero también es un ensayo. Y además es también una adaptación moderna.

Desde el principio asistimos a nuevas desventuras de don Quijote y Sancho Panza, enfundados en unos disfraces (los de C3-PO y un ewok respectivamente) que de alguna manera supone una metáfora de su inmersión en nuestros tiempos y simbologías actuales. Tal cual aparecen se imbuyen de la actualidad, y empiezan a explorar Manhattan, capital de la cultura occidental. Y observa, reflexiona sobre lo que le viene de nuevo a medida que descubre rincones, personas y situaciones de la sociedad moderna. Y esa reflexión es de don Quijote y es de la autora, que a través de los ojos del hidalgo nos explica las contrariedades y lo difícil que es vivir en nuestras ciudades. Una mirada al frío cemento que se ha comido a las personas.

Sin destripar la trama, porque de verdad merece la pena descubrirla y sorprenderse gratamente, podemos decir que Don Quijote de Manhattan es un viaje a las entrañas de ese monstruo llamado “era moderna”, “consumismo” o “primer mundo”; una odisea quijotesca que se da la mano con la obra de Cervantes a través de quinientos años para mostrar las miserias de nuestro tiempo. No hay molinos, pero hay grises edificios; hay mucha luz en la noche, pero todo es más oscuro que antes. Como ya hiciera con las antigua España, Marina Perezagua arranca a Sancho y Quijote de su tiempo y los trae al mismísimo 2016 para que den voz a los problemas que nos arrastran sin que nos demos cuenta a un apocalipsis.

Existen tantas capas en la novela como lectores para descubrirlas. Yuxtapuestas, paralelas, opuestas; las combinaciones bailan sin parar. Las figuras retóricas son muchas, variadas y tan sutiles en ocasiones que se alojan en nuestra cabeza sin que nos demos cuenta. Nos horrorizamos ante ciertas escenas y luego nos damos cuenta de que las vemos todos los días; ha hecho falta que el mayor personaje de la literatura hispana nos dé una colleja para que abramos los ojos. Un verdadero hidalgo que, más de quinientos años después, nos muestra que nuestro mundo, en realidad, no es tan diferente al de su época. Injusticias, prejuicios, insolidaridad, envidia… por mucho tiempo que pase las sombras del ser humano sobreviven del mismo modo que lo hace la especie. Es, por tanto, también un clamor y una protesta por un mundo actual que está en decadencia, tal vez de un modo más alarmante que nunca. Una llamada de alerta para quien quiera escucharla.

Toda esta sinfonía está dirigida con un estilo exquisito, en el que la autora juega con el castellano antiguo y nos regala una prosa absorbente; casa perfectamente con los protagonistas sin caer en una burda imitación del castellano de cinco siglos atrás, demasiado denso para ser leído actualmente. lejos de eso en la novela se suceden los párrafos con una velocidad sorprendente sin dejar de perder ese estilo a medio camino entre lo nuevo y lo antiguo, ese túnel espacio-temporal que es tan extraordinario.

Lo que ha hecho esta escritora sevillana afincada en Nueva York no se puede catalogar de otra manera: es un milagro literario, una auténtica maravilla que nadie debería dejar de leer y releer. Y no sólo por lo que implica su naturaleza exótica, esa forma de escribir que se aleja de los cánones y explora rincones que tienen mucho polvo; es un milagro porque ha brillado con luz propia y sin ayuda de los focos mediáticos, en una editorial sencilla que apuesta por la literatura de calidad sin grandes aspavientos, sin mercadotecnia ni spam disfrazado de fomento de la Cultura (un tema que da para mucho). Únicamente se ha hecho un pequeño hueco en el salvaje mundo editorial a base de talento y buen hacer. Seguro que ese hueco se irá ensanchando con cada nuevo trabajo.

Uno de los mejores libros que servidor ha tenido el placer de leer en muchísimo tiempo.

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  • Pynchoniano de adopción, leo más que respiro. El tiempo es una jugarreta que nunca entenderemos. Jedi frustrado que suple su falta de conexión con la Fuerza a base de cantidades ingentes de chocolate. Si no estoy escribiendo o leyendo me encontrarás en un cine, siempre en la última fila de cualquier sala vacía.

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  • Miguel Leal Hernandez

    interesante crítica que despierta la curiosidad de buscar un libro clásico-moderno.

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