El festival de cine de Cans lleva ya 14 ediciones. Lo que nació como un chiste para hacerle la competencia al festival francés de Cannes (de la misma manera que el FiV nació para hacerle la competencia medio en broma medio en serio al FiB) se ha ido convirtiendo en una de las citas más eclécticas y extrañas del panorama audiovisual gallego y ha contado con invitados de la categoría de Luis Tosar, Isabel Coixet, Tristán Ulloa, el Gran Wyoming, o Manuel Rivas. El festival dura este año del miércoles al sábado y abarca desde homenajes tradicionales a los vecinos a través de los Chimpines de Plata (unas placas que se colocan en una de las cuestas del pueblo) hasta el estreno mundial del nuevo Film de las AlsoSisters: “Historia Dun Satélite”.

El festival de cine de Cans está orgulloso de sus orígenes: Se accede a las diferentes salas de proyección en Chimpines, una especie de tractor para materiales ligeros que va subiendo y bajando las cuestas del pueblo. Aparte del jurado “oficial” existe el jurado do pobo, un grupo de vecinos del pequeño pueblo que eligen el mejor corto presentado este año. Y por cierto, rara vez suelen coincidir; este año el ganador oficial (que se ha llevado el can de oro y 2000 euros en premio) ha sido el corto Aaava, de Andrea Zapata Girau, mientras que los vecinos han decidido premiar a Volant, de Raquel Pérez.

En cuanto a cortos de animación, el ganador de esta edición ha sido Alberto Vázquez con Decorado 175. Alberto (que ya ganó el Goya el año pasado a mejor película de animación con la excepcional “Psiconautas”) no ha podido asistir ya que la semana pasada sufrió un infarto del que se está recuperando. Este año, la competición estuvo muy reñida en los videoclips, donde se acabó imponiendo “Mi re La” de Oh! Ayatollah con un homenaje a los Beastie Boys y el mítico Sabotage, pero esta vez por las calles de Santiago de Compostela. El premio del público fue para Restos de un naufragio, de Igloo, la banda Viguesa.

Festival de CansPor supuesto, llegamos tarde a las proyecciones. En la puerta nos recibe una de las chicas de la organización que nos informa de que la sesión ha comenzado hace 5 minutos y que nos hemos perdido el primer corto. Tampoco le quedan bolis para hacer las votaciones, pero todavía podemos entrar, si guardamos silencio, y quedarnos en la parte de atrás de la sala. Bueno, decir que es una sala es casi excesivo.

La encargada nos señala nuestros sitios con la linterna de su móvil: es un tablón de madera sobre unas cajas de Mahou. Acabamos de entrar durante la proyección de “Sinceramente, yo ya no razono” de David Fidalgo. En la oscuridad de la sala oímos muchas risas, y para cuando acaba el corto puedo ver bien la sala durante unos segundos. A cuberta de Antonio tiene las paredes de piedra, el suelo lleno de tierra, un proyector y una pantalla. Es del tamaño de un establo… porque es un establo.

Hablando con propiedad: A cuberta de Antonio es una casucha perdida en medio de una de las colinas de la parroquia de Cans, a 2 kilómetros de Porriño y a unos 20 de Vigo. Me ha llevado dos horas y media llegar en tres autobuses diferentes hasta el Torreiro, una pequeña plaza en la que hasta hace un momento estaba tocando una banda de música. Llego a tiempo, eso si, de ver la charla de Montxo Armendáriz, uno de los tres homenajeados este año (junto a Daniel Guzmán y Miguel de Lira), que dejará su estrella en Cans al más puro estilo Hollywodiense.

Tras una breve rueda de preguntas, Montxo coloca su estrella, se saca fotos con los organizadores, con un grupo de chicas que llevan orejas de dálmata (la líder lleva un disfraz de Cruella DeVil) y se aleja poco a poco para ir a comer. Y es que esto no sería un buen festival gallego si no nos concedieran de 13:30 a 15:30 para encontrar un sitio en el que comer bien, tomar una cerveza, descansar, y estar preparados para las sesiones de cortos de la tarde. Podemos comprar una docena de churros, perritos calientes o empanadas veganas en los puestos que hay a los lados de la carretera general que atraviesa el pueblo, o cambiar nuestro dinero por Cans en el Stand oficial de la organización y comprar cerveza, bocatas de lomo adobado, raciones de pulpo o navajas. Teóricamente es la sesión Vermú, pero podemos aprovechar para hacer otras muchas cosas en el festival aparte de comer.

Festival de Cans 2Se puede visitar la exposición Debuxa Cans en la que los más pequeños trastean con la mascota del festival, Carlos Meixide dirige una ruta Literario/Cinéfila repasando los puntos en los que transcurre su novela “Cans”, o el Cans Proxecta, un proyecto en colaboración con la escuela de arquitectura de Coruña sobre un “Que pasaría si el Festival de Cans alcanzase fama mundial”. El patrón está bastante claro.

El Festival de cine de Cans viene siempre acompañado en artículos como este de palabras como “Agroglamour” o “Auténtico”. Y la verdad es que se las tienen bien ganadas. Por el pueblo de menos de un millar de habitantes encontramos tanto jóvenes con chokers, camisas Hawaianas, gafas de sol y bigotes como señores y señoras de más de 60 años bailando al ritmo de la orquesta con bastón y zapatillas. El festival se esfuerza activamente por no olvidarse de sus orígenes y de cuánto le debe al pueblo, tanto que la frase que más se grita por los micrófonos es “¡Viva el festival de Cans!” a lo que todos contestamos con vítores y aplausos mientras sujetamos nuestro vaso de cerveza con los dientes.

Hay una cosa que está clara: Lo que más miedo le da al Festival es morir de éxito. Perder su “naturalidad”, su “autenticidad”. Por eso a lo largo de los cuatro días podemos encontrar tantísimos homenajes a los habitantes, a realizadores gallegos, al propio pueblo… Pero en el proceso de no olvidar las raíces corren otro riesgo: el de convertirse en un festival del ombligo. En Cans es difícil encontrar algún acontecimiento que vaya a tener repercusión más allá de las fronteras del pueblo, y mucho más fuera de Galicia.

Sin duda Montxo Armendariz, Daniel Guzmán y Miguel de Lira se han quedado encantados con la experiencia (ya que han contado con la atención de un público entregado) pero no se puede evitar tener la sensación de que el festival se está desaprovechando toda la fuerza y potencial que podría tener realmente. En una comunidad autónoma en la que los mayores premios audiovisuales (los Mestre Mateo) son olvidados y denostados por el público general, el Festival de cine de Cans podría aspirar a ser un faro que iluminase la producción audiovisual gallega. Pero se conforma con ser una linterna que alumbra poco.

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