Ahí afuera las personas se mueren de hambre, trabajan dieciséis horas en condiciones de esclavitud, no tienen agua potable, no saben lo que es la paz. Mientras, aquí adentro pareciera que nuestra mayor preocupación está en lo que hace nuestro equipo de fútbol, en lo mucho que vale el móvil de última generación, en que la persona que te gusta te ignora, o, muy de moda en estos días, en que nuestros políticos incompetentes en lugar de solucionar problemas (se supone que para eso se les vota), no paran de crearlos.

No quiero simplificar las cosas ni hacer una reducción al absurdo, pues las variables, afuera-adentro, son mucho más complejas que un simple tercer mundo, primer mundo. Qué duda cabe que en cada conjunto hay variedad de subconjuntos. Y lo mismo vale para las preocupaciones; vivir en el occidente afortunado no te libra ni mucho menos de que puedas perder a un ser querido de forma trágica, o de que no te dé para comer o para pagar la hipoteca por más que trabajes (o lo intentes), o de que te termines arrojando a las vías del tren o colgando de una soga. La globalización por supuesto importa problemas y aquí tampoco faltaban de antes.

Lo que sí quiero apuntar es que muchas veces olvidamos que la base de lo que somos parte de un privilegio que no nos hemos ganado. No hacemos nada (ni bueno ni malo) para nacer donde nacemos. No resulta descabellado pensar que una persona con ideología fascista sería un perfecto yihadista de nacer en Afganistán, o que un nacionalista de un bando lo sería del otro si naciera unos kilómetros más allá. Y lo mismo sin irnos a los extremos, estadísticamente muy pocos de nosotros disfrutaríamos de las comodidades de nuestra vida de haber nacido en uno de los muchos puntos del planeta donde la pobreza, la injusticia, o el analfabetismo, son la realidad y el pan suyo de cada día.

Lo que quiero decir, en definitiva, es que no debemos olvidar lo que a menudo olvidamos, que somos afortunados por haber nacido en una época y en una zona geográfica (o más en el perímetro de una zona geográfica), que no nos determina de manera casi inexorable en nuestra forma de ser. Siempre hay margen para escapar de casi cualquier cadena, pero esa libertad solo está al alcance de los héroes, de los locos, o de los que tienen demasiada suerte. Lo que quiero decir, una vez más, es que la solidaridad y la empatía son dos de las asignaturas vitales más importantes que deberíamos aprobar con nota.

Finalmente lo que quiero es entender. Esta reflexión nace, o más bien renace (porque vuelve a mí una y otra vez con cada detonante), después de haber visto el programa de Jordi Évole, Salvados, en la Capital de Daesh. Y es que después de tal programa (que por supuesto recomiendo ver si no se ha visto ya), o después de muchos documentales sobre el lamentable estado del mundo, o después de ciertos viajes, o simplemente después de un día de trabajo (soy educador social y me toca lidiar, dentro de este primer mundo, con realidades realmente duras), uno se pregunta cómo es posible que nos afecten tanto cosas tan aparentemente insignificantes.

Por suerte la literatura, la filosofía, la psicología, la Historia, vienen de vez en cuando en mi ayuda para hacerme entender al menos lo suficiente (otra cosa es que lo que entienda me guste, lo que no suele ocurrir, lo que hace la bola de fuego más grande). Y para esta angustia en particular siempre vuelvo sobre Víktor Frankl.

Cada vez que tengo ocasión (y a veces me las invento) recomiendo El hombre en busca de sentido. Se trata de un libro que refleja lo peor del siglo XX: la experiencia de un judío durante la II Guerra Mundial en un campo de concentración nazi. Un libro, una vivencia, donde se asume toda la oscuridad de la que somos capaces como especie, para terminar en el milagro de aportar luz. Y mucha, por cierto. Pero solo quiero aquí y ahora fijarme en el siguiente faro que Víktor Frankl nos regala:

“El sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por completo y por igual cualquiera que sea su capacidad. Análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es poco. Por consiguiente el «tamaño» del sufrimiento humano es absolutamente relativo.”

Nadie parece estar así libre de esa relatividad del sufrimiento, independientemente de su importancia, digamos objetiva. ¿Cómo negarle la tragedia a un niño que acaba de perder su juguete favorito? ¿Quién va a convencer al adolescente de que no es tan grave que el supuesto amor de su vida, a quien conoce desde hace un mes, le rompa el corazón? Para el niño y el adolescente en ese momento su dolor lo es todo, y poco o nada importan los demás mientras sienten como una certeza que el universo se ha cebado con ellos de manera tan cruel.

Ahora bien, encuentro que en los casos anteriores hay bastante derecho para llenar esa cámara por completo con su gas particular, es decir, con sus preocupaciones, aunque estas sean un tanto ridículas en la escala de problemas que podríamos plantear. Sin embargo, madurar quizá sea precisamente aprender a medir lo que importa y lo que no tanto. Y si llegas a una edad donde lo que más te duele (más allá de un mal domingo o de otro día puntual al que todos tenemos derecho) es que tu equipo de fútbol no gane su partido de turno, o que no te puedas comprar esto y aquello que realmente no necesitas, o que no se te dé la razón en una discusión política, entonces es que algo dentro de ti no funciona demasiado bien.

Por desgracia y atendiendo al espectáculo diario que se nos ofrece desde la televisión y las redes sociales, resulta difícil no tachar nuestras sociedades privilegiadas de infantiles e inmaduras de acuerdo al paradigma que esbocé antes. Las soluciones no son fáciles (porque pasa por una voluntad política –más educación, más sensibilidad, más justicia social-, cuando se trabaja precisamente por lo contrario), y poco se puede hacer más allá de un ejercicio individual de reflexión y de intentar hacer reflexionar a otros sin querer imponer nada. Con todo, si te identificas como uno de esos sujetos que hacen de sus problemas pequeños la causa mayor del universo (y yo confieso que soy el primero que a veces me siento así), permíteme un consejo: plantéate romper con tus preocupaciones de mierda, piensa en cambiar de mirada, y da las gracias por los privilegios que tienes.

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  • Carlos Aymí

    Redactor

    La literatura es la mentira en la que más creo, así que escribo lo que se ponga por delante para ver si acierto con alguna verdad. La filosofía, el cine y la cerveza también me ponen enfermo.

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  • Miguel Leal Hernandez

    Un artículo redondo, descriptivo y de enorme y simple profundidad humana.

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