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Resulta muy sencillo adaptarse al mundillo de los festivales, al fin y al cabo todos tienen ciertos puntos en común en las tareas más sencillas, que nos permiten sentirnos como en casa. La dinámica de pedir un ticket para conseguir la bebida, de acabar un concierto en el escenario grande e hilar con el siguiente pequeño, buscar un rato para comer en un puesto tomando el sol… Son paradigmas de los festivales. Es inevitable pasar por ellos. Por supuesto, cuanto más grande es el festival más elementos comunes se le añaden. Los puntos de encuentro, las expediciones al baño en grupo, la búsqueda desesperada de tabaco. Lo único que suele cambiar a grandes rasgos es la gente, el paisaje y la música. El ambiente en general. Y el del Atlantic Fest no podría ser mejor.

Para empezar el Atlantic Fest se celebra en la Illa de Arousa. Hay que llegar en autobús o Taxi desde Vilagarcía de Arousa, pero vale la pena. Las vistas, el paisaje, el ritmo y la vida de la isla situada en la ría de Arousa contagian todo el festival. El pequeño pueblo marinero respira a su propio ritmo, alejado del mundo, y para cuando empiezan a montar las carpas, colocar los Stands de Estrella Galicia y sonar los primero acordes esta parsimonia, relajación, parece transmitirse a todos los asistentes. Y esto es extraño, porque el primer día está prácticamente dedicado a bandas casi contrarias las unas a las otras.

Kings of the Beach levantan al público con Rock enfrentándose a Rosalía & Raül Refree con Flamenco. Sen Senra y Mounquip atraen a sus respectivos públicos: uno más rokero y rapero, ella más cercana al jazz y electrónica mezclada con Folk. Todo ello aderezado con Os Amigos dos Músicos, que interpretan temas propios y ajenos. El primer día deja un gusto extraño. Si, hemos visto a muchas bandas tocar diversos tipos de música, y nos lo hemos pasado bien y el ambiente ha sido fantástico (a pesar de que ha amenazado con llover en un par de ocasiones) la mezcla de géneros musicales nos ha descolocado a todos. De todas maneras, nos subimos al autobús para llegar al camping que queda al lado de la playa.

Al día siguiente los conciertos se suceden. Grupos entregados a su escenario, a sus canciones, presentando discos y versiones de canciones. Para el abajo firmante, el gran descubrimiento de este festival ha sido Anni B Sweet, que levantó el nivel del segundo día con su estilo completamente diferente al del resto de sus compañeros de cartel. Delorean presentaron canciones nuevas y repasaron sus éxitos a toda velocidad, batería y tres teclados incluidos y arrancaron los primeros bailes a los asistentes. Después le tocó el turno a The Temper Trap. Y ahí las cosas mejoraron. Mucho. La banda ******* resultó perfecta para el ocaso del segundo día, y la presentación de su nuevo disco se convirtió, por sorpresa, en uno de los eventos más divertidos del festival. Precisamente ese ambiente del que hablaba en las primeras líneas, esos sombreros de paja, tops, pantalones cortos, Estrella Galicia en mano, mochila de cuerdas, playa calor y risas, todo ello reunido en una banda que dio el concierto más divertido del festival. Pero luego llegaron Los Planetas.

Si existe realmente una banda legendaria española, esta es la de los granadinos. Los mitos que corren alrededor de Jota y los suyos son casi innumerables: Temperamentales, locos, extravagantes… Los Planetas son una especie de bomba de relojería. Nadie sabe qué tipo de bomba puede ser, pero cuando estallan las historias dicen que son terribles. Sin embargo, por muy diferentes que sean todas estas leyendas, todas coinciden en lo mismo: Los conciertos de Los Planetas son malísimos. Están desacompasados, no se reconocen las canciones, las distorsiones que se escuchan en los discos son multiplicadas por 100 en los directos, no hay manera de escuchar que es lo que dice el cantante ni de distinguir el bajo de la guitarra o la batería. Y es cierto. Las dos primeras canciones del concierto (el que estábamos esperando todos, uno de los motivos principales por los que hemos venido a la isla) nadie entiende nada. No se escucha claras las voces, la guitarra desgarra notas distorsionadas, y batería suena atronadora por encima de todo. Lo extraño es que nosotros, el público, estamos en silencio. En parte por confusión, en parte intentando descifrar el jeroglífico que se nos plantea. Poco a poco descubrimos los temas. Jota se quita la cazadora y enciende un cigarrillo. Comienzan a sonar los temas icónicos de la banda. Alegrías del Incendio. Santos que yo te pinté. Terminan con Pesadillas en el parque de atracciones. Para entonces me duele la mandíbula de gritar, los brazos de tenerlos levantados, las piernas de saltar. Es un éxtasis absoluto, gritos, distorsión, el ruido y la furia. Jota y los suyos se van, pero vuelven. Repasan los éxitos de Toxicosmos y Super 8, y desaparecen por completo, dejando espacio para Lori Meyers. Como si no tuviéramos tiempo para respirar. El resto de la noche, con Máximo Park y Electric Feels se pasa volando, de una forma eléctrica y rápida, a ritmo de bajos y sin el menor atisbo de sueño.

El tercer día es probablemente, el más flojo del festival, pero es necesario tras la noche pasada. Puma Pumku, Dois, Esposa y Birds Are indie se pueden escuchar sin problemas desde la playa, al sol, tranquilos y relajados, aprovechando para superar la resaca con un zumo y una hamburguesa de uno de los seis food trucks que acompañan al festival.

La sensación, el ambiente, la paz y la felicidad que se vive en el Atlantic Fest es inigualable. Quizá la selección de grupos sea un poco desequilibrada, quedando un primer y tercer día bastante flojo, pero vale la pena cruzar la ría y dedicarnos a descansar, disfrutar de la música, bañarnos en el atlántico y vivir un festival que, como decía al principio, tiene puntos en común con todos los demás, pero cuyo ambiente es fantástico.

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