No es fácil acercarse al adulterio y no caer en un juicio de valor. Tampoco resulta un tema cómodo, ni para quien escribe ni para quien lee. Los escritores y escritoras a menudo no pueden evitar trasladar al papel su visión del mundo, la sociedad y las relaciones personales, pues no deja de ser el filtro con el que observan todo lo que les rodea. Si además añadimos que la temática es controvertida en cuanto que su posible justificación puede parecer en un principio muy complicada, salir airoso de semejante entuerto puede llegar a parecer un milagro.

El adulterio es el eje alrededor del cual gravita la trama y, por ende, también en la protagonista de Felicidad familiar, Polly Solo-Miller. Hija de una familia adinerada y de una larga tradición en las altas esferas de la sociedad, vive lo que se podría llamar la vida ideal: casada con un hombre atractivo, abogado de reputación, madre de dos hijos maravillosos y con un trabajo que la llena. La perfección. Sin embargo, poco a poco Laurie Colwin (autora americana, una gran desconocida y a la que desde aquí y ahora reivindico fervientemente) consigue, a través de una facilidad pasmosa para narrar situaciones cotidianas, mostrar las grietas que la fachada de Polly tiene por todas partes. Nos enteramos de su aventura extra-matrimonial, de sus miedos, inseguridades. De la opresión que siente por vivir en una familia en la que las reglas son estrictas y en la que hasta el más mínimo detalle está fuertemente encorsetado. En pocas páginas se les coge mucha manía a los integrantes de la familia Solo-Miller, en especial a la madre de Polly: una mujer incapaz de dejar atrás las convenciones sociales, aunque signifiquen hacer infelices a sus propios hijos.

La relación entre Polly y su madre es uno de los canales mediante la trama desarrolla temas como la familia, la libertad de los hijos frente a los deseos de sus padres o la fragilidad de la autoridad. La madre ejerce de supuesto elemento cohesionador del núcleo familiar, y a medida que pasan las páginas se descubre que únicamente es el propio egoísmo el que la empuja a ser así. La tensión entre Polly y Wendy aumenta hasta que se llega a un clímax en el que una conversación parece remover por completo el paradigma.

Felicidad familiar es una cruda visión de la familia en su versión más opresiva; la situación de Polly en un ambiente en el que no se siente valorada, querida ni respetada. Hay una exhaustiva descripción del lenguaje familiar, tal vez en una visión algo desfasada pese a que hoy en día todavía es un comportamiento bastante habitual. La imagen de una familia de clase acomodada permite al lector tomar cierta distancia a la hora de identificarse, pero sólo sucede al principio; a medida que la historia se desarrolla la fuerza de la temática nos arrastra irremediablemente a la comprensión, seas hombre o mujer, de los motivos que mueven a la protagonista. El papel de Polly puede entenderse al mismo tiempo como el de hija y hermana incomprendida, pero sobre todo el de mujer que no encuentra su lugar y no es capaz de admitir ante los suyos que se la está menospreciando. Una suerte de dependencia emocional no reconocida ni advertida que es una verdadera plaga en nuestra sociedad, y a la cual no se le presta la debida atención. Colwin consigue plasmar con mérito la angustia de Polly, que necesita liberar su tensión y sin embargo tras tantos años con una educación machista se ve culpable de expresar sus propios sentimientos.

La relación entre Polly y su familia es tal vez una trama secundaria, pues el verdadero motor de la novela es la infelicidad, cuyo detonante es la aparición de Lincoln, su amante. A partir del momento en el que ella inicia su aventura se sume en una auténtica depresión, cuando ve tambalearse todos los valores que ella creía firmes mientras como lectores asistimos a largos monólogos interiores de la protagonista en la que como mujer intenta encontrar una razón por la cual actúa como una irresponsable. Polly no es capaz de pensar con claridad, y durante semanas la novela es una ventana a través de la cual vemos como pasa los días de un modo casi automático, odiándose, odiando a los demás. Ese es uno de los grandes méritos y atractivos de Felicidad familiar: el acercamiento casi extenuante a una situación que no por ser más habitual de lo que creemos es más fácil de comprender. O incluso de aceptar. El adulterio es un tema del que pocas personas consiguen hablar abiertamente; mucho menos tratar de comprenderlo. No se puede comprender porque no hay debate alguno: su estigmatización es absoluta. Pero Laurie Colwin se atreve a sumergirse en esas aguas pantanosas. Y sale más que airosa.

Así pues y siempre de la mano de Polly asistimos a varias fases durante las cuales pasa de la culpabilidad a la valentía, pasando por la desorientación o el terror más absoluto. Quiere a su marido y también a su amante; por ello se siente infeliz y feliz a la vez. Bascula entre la desesperación y la esperanza varias veces en un mismo día. Está atrapada en varios frentes, y se mueve en un constante in crescendo que desconoce hacia dónde la llevará. No es capaz de escoger un camino porque sospecha que no existe y que su destino es ser una desgraciada. En realidad, aun un cierto gusto por la desgracia, un tono de agria resignación que planea durante toda la novela. Hasta el final no comprenderá que tal vez no haya una solución correcta, del mismo modo que no es posible intentar atar en corto a los sentimientos (algo que curiosamente ocurre en su familia).

Hay que agradecer a la editorial Libros del Asteroide que haya apostado por editar a Colwin (de quien ya editaron en 2015 su novela Tantos días felices) en España, una autora totalmente desconocida y que es sin duda un gran hallazgo para quienes disfruta de la literatura sencilla pero que trata los grandes temas de un modo tan natural que pasan de puntillas por nuestras mentes

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  • Pynchoniano de adopción, leo más que respiro. El tiempo es una jugarreta que nunca entenderemos. Jedi frustrado que suple su falta de conexión con la Fuerza a base de cantidades ingentes de chocolate. Si no estoy escribiendo o leyendo me encontrarás en un cine, siempre en la última fila de cualquier sala vacía.

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